Archivo mensual: agosto 2009

CLAUSURA DEL XXIX FESTIVAL DE MUSICA “A ORILLAS DEL GUADALQUIVIR”

Ayer miércoles fue clausurado el XXIX Festival Internacional de Música “A orillas del Guadalquivir”, con un concierto de la Orquesta “Manuel de Falla”, dirigida por Juan Luis Pérez, que contó como solista con el joven pianista Juan Pérez Floristán.

ESTE FESTIVAL ESTUVO DEDICADO  A JUVENTUDES  MUSICALES DE SANLUCAR DE BARRAMEDA  

       

         

 

Un momento de la representación de «Carmen» de Bizet en el Festival de Sanlúcar. Una gran asistencia de público avaló este “estreno” en nuestra ciudad de esta emblemática ópera.

Los últimos conciertos de esta segunda parte del Festival han supuesto una subida del nivel artístico respecto a la primera, que fue algo más irregular en cuanto a calidad interpretativa. Contando con un punto de partida extraordinario, pues el domingo 9, la Compañía de Ópera de Concerlírica, integrada por destacados solistas vocales y la Orquesta y Coros del Teatro de Doneskt (Ucrania) pusieron en escena la ópera “Carmen” de Georges Bizet, con muchos elementos en contra (especialmente el espacio, nada desdeñable, tratándose de una obra escénica) con un éxito arrollador.

El técnico de la Fundación Municipal de Cultura, José Antonio López, y la delegada de Cultura Mariuca Cano, acompañan y felicitan al director de «Carmen», Victor Lemko, tras la magnífica representación.

Hay que elogiar con todos los parabienes a esta Compañía y a su promotora, Concerlírica, por adaptarse a todas las limitaciones que ofrece el Auditorio de la Merced para este tipo de representaciones líricas, puesto que el no contar con un escenario teatral condiciona necesariamente todo el montaje escénico de la tramoya teatral de la ópera, parte hoy día de una importancia básica y primordial en cualquier montaje que se precie.

La soprano japonesa Miki Mori, excelente en su papel de Micaela, junto al director de la Orquesta (vestido ya de calle tras la representación) y al barítono Ivaschuk que encarnó a Escamillo. A ambos lados, José Antonio López y uno de los técnicos de la compañía lírica.

La orquesta, dirigida por el joven maestro ucraniano Victor Lemko, ya conocido por el público de este Festival, estuvo en todo momento brillante y espléndida, pues en perfecta conjunción con el maestro, supo aportar el acompañamiento vocal a los solistas y los coros, en las mejores condiciones de afinación y homogeneidad. En ningún momento sobresalió por encima de los protagonistas, algo que, teniendo en cuenta la falta de un foso que apague convenientemente la preponderancia del cuerpo orquestal, es algo digno de resaltar y elogiar.

En cuanto a los solistas vocales, todos estuvieron magníficos. Desde la protagonista, la mezzo canaria Belén Elvira que cuajó un papel lleno de garra y genio andaluz,hasta los roles secundarios, fue una verdadera delicia oír esta larga ópera, que en ningún momento resultó aburrida o demasiado larga. El papel de Micaela, defendido por Miki Mori, fue fantástico, pues esta cantante domina la voz de una manera proverbial, canta con mucho gusto y tiene una voz verdaderamente prodigiosa. Don José, encarnado por el madrileño Gustavo Casanova y Escamillo, representado por el barítono Makism Ivaschuk, fueron vocal y musicalmente espléndidos, llevando hasta los asientos de los quinientos espectadores que se dieron cita (lleno total) lo mejor de esta genial partitura.

Mención aparte merece el coro, perfectamente preparado por Ludmila Estrelsova, que estuvo en todo momento muy atento a las indicaciones precisas y útiles del maestro Lemko, logrando así un empaste perfecto con la Orquesta y una gran brillantez en los magníficos números corales de la obra. En definitiva, una gran representación y un gran éxito de público, que estuvo muy atento en todo momento y que premió muy calurosamente a todos los componentes de esta Compañía que tanta profesionalidad derrochó para hacer llegar su arte este veterano Festival.

El lunes 10 le tocó el turno al Trío “Dharma”, integrado por los músicos madrileños Pedro Garbajosa, al clarinete, María Ángeles Villamor, al violonchelo, y Martín Martín Acevedo, al piano. Nos traían un interesante e infrecuente programa de obras originales para esta inhabitual formación camerística, de tintes sombríos y graves, en la que el piano aporta sus grandes recursos expresivos y tímbricos, y los otros dos instrumentos su gran capacidad para el legato y el fraseo de gran intensidad.

El Trío Op. 28 en Si B Mayor de Ferdinand Ries, interesante compositor y excelente pianista alumno de Beethoven, nos dio la oportunidad de descubrir a un autor olvidado pero que forma parte del período de gran expansión del piano como dios del movimiento romántico y que participa ya de un lenguaje del que otros autores más conocidos como Schubert o Mendelshonn e incluso otros posteriores como Carl Reinecke, hicieron uso con una mayor convicción y despliegue de medios. La ejecución del trío madrileño fue en todo momento muy detallista, transparente, de gran intensidad sonora y de absoluto control de todos los recursos tímbricos y expresivo. El control del aire que demostró ese gran maestro del clarinete que es Pedro Garbajosa, a través de una respiración sosegada y perfectamente dosificada, transmitió al público una tranquilidad y un disfrute que sorprendió a todos. Y quizás fue él el que de los tres componentes más sufrió el sofocante calor y el altísimo índice de humedad que se padecía en la Merced.

Las muy originales Piezas Op. 83 de Max Bruch, otro interesante e infrecuente autor prácticamente conocido sólo por su estupendo Concierto para violín y orquesta, llenaron la Merced de espíritus atormentados, de esas extrañas sensaciones que perseguían a los artistas románticos y que el Trío “Dharma” supo presentar con una ejecución llena de misterio y misticismo. Esta música, llena de originalidad y sabor melancólico, que rezumaba tristeza y pesimismo (incluso en la maravillosa Canción Rumana), representaba el eslabón perfecto para conducirnos hacia la segunda parte del concierto y, de hecho, los músicos, con un acertado critero, “rompieron” en dos partes las cuatro piezas que habían seleccionado para la audición con el fin de interpretar dos de ellas como preparación y calentamiento (es un decir, dada la temperatura ambiente) para el muy denso y profundo Trío Op. 114 en la menor, de Johannes Brahms, que era el plato fuerte de la noche, y que ocupaba la segunda parte del concierto.

La soprano sanluqueña encandiló a los numerosos espectadores que asistieron a su recital. Rosique avalaba así ante sus paisanos una carrera fulgurante y meteórica en el difícil mundo de la ópera internacional y también fue «profeta en su tierra». En el acompañamiento, el pianista Antonio Soria.

Todos fueron uno, cada uno con sus magníficas dotes de solista (imposible ser un buen músico de cámara si no se es un buen solista) pero siempre cediendo el protagonismo en los momentos en los que los planos sonoros lo ordenan. Equilibrio, contención y homogeneidad en los fraseos expresivos, en los acentos, en el planteamiento general de la obra, sellaron una interpretación inolvidable, pues la labor mágica de Garbajosa como “pulmón” del grupo, tuvo su eficaz réplica en un Martín Acevedo impecable en todo momento al teclado y con un violonchelo que puso la pureza del sonido por encima de lo material, llegando a la cúpula de la Merced en absoluto estado de gracia musical. ¡Bravo!

Era difícil superar este recital pero al día siguiente, martes 11, la estela seductora de Ruth Rosique prometía una noche inolvidable. Tras desfilar por los escenarios operísticos más importantes del mundo, nuestra soprano universal nos visitaba para ofrecernos un recital de música española. La expectación creada por esta jornada tenía todos los caracteres de los grandes acontecimientos. Lleno prácticamente total en la Merced (cosa que no se ha producido más que con la ópera Carmen, por razones de peso) para oír a este gran talento de la lírica que se entregó en cuerpo y alma a un recital en el que los aplausos encendidos se sucedieron a cada momento. El calor asfixiante impidió algo más y en mejores condiciones de un concierto especial, en el que el silencio absoluto se impuso en señal de reconocimiento y respeto a esta joven cantante de tan sólida trayectoria artística.

En la primera parte, Ruth Rosique, acompañada por Antonio Soria al piano, ofreció a sus paisanos los Madrigales amatorios de Joaquín Rodrigo, la interesante y poco conocida canción En el pinar, de Fernando Obradors, y la música que Rodolfo Halffter puso a los versos de Marinero en tierra, de Rafael Alberti, con cinco estupendas canciones en las que el estilo y el lenguaje del nacionalismo español posterior a Manuel de Falla quedó bien servido, en una línea bastante cercana más a Oscar Esplá que a su hermano Ernesto, único discípulo reconocido del genio gaditano.

La segunda parte contó con todo un “maratón turiniano”, no en balde el maestro Soria es un gran especialista en Joaquín Turina, el gran compositor sevillano-sanluqueño y universal. Nada menos que el Poema en forma de canciones, Op. 19, el Canto a Sevilla, Op. 37, y los Tres poemas, Op. 81, nos cantó Ruth Rosique en su comparecencia sanluqueña. Con pequeños respiros en los que Antonio Soria puso los interludios pianísticos creados por don Joaquín precisamente como descanso para los muy difíciles y fatigosos números del Canto, la soprano demostró sus grandes dotes interpretativas, con una dicción perfecta, unos agudos redondos y seguros y un “saber estar” en el escenario que la definen como una gran Artista, del canto, de la escena y de la música.

Lluvia de pétalos y margaritas, arrojadas por sus numerosos admiradores, ofrenda de flores al final del concierto, cerraron una magnífica noche, en la que quedó demostrada una vez más la versatilidad, el buen hacer y el arte de Ruth Rosique, una soprano que llevó a los privilegiados espectadores de su magnífico concierto a las más altas cimas del “bel canto”.

La Merced registró un lleno casi total para oír a esta magnífica orquesta gaditana y presenciar el debut con orquesta del joven pianista sevillano, aclamado ya en varios concursos nacionales e internacionales.

La clausura del XXIX Festival Internacional de Música “A orillas del Guadalquivir” estuvo a cargo de la Orquesta “Manuel de Falla” de Cádiz, con un programa compuesto por obras de Haydn y Beethoven.

Padre e hijo, director y solista de piano, ofrecieron una lección magistral de compenetración y entendimiento que produjo una versión antológica de una obra excepcional y brillante, aun a pesar de su dramatismo.

 

La noche empezó con una sobresaliente interpretación de la obertura de la ópera El mundo de la luna, de Joseph Haydn, llena de matices, magistralmente dirigida por la certera y eficaz batuta del maestro Juan Luis Pérez, uno de los directores andaluces más brillantes del panorama musical actual.

Pero esta magnífica interpretación sólo sería un aperitivo para el indiscutible plato fuerte de la noche, el genial y contundente Concierto para piano nº 3 en do menor de Beethoven, donde la Orquesta volvió a demostrar su buen hacer y donde el pianista Juan Pérez Floristán se ganó con creces al púbico asistente en cuanto puso las manos en el teclado. Un inspirado y magistral Juan Pérez Floristán interpretó este concierto con una madurez impropia de sus pocos años. Este joven pianista, de tan sólo 16 años, logró emocionar y conmover a los asombrados y sobrecogidos espectadores del concierto que asistieron entusiasmados a una interpretación soberbia y madura de la obra del compositor alemán. Pérez Floristán demostró que ya no es una promesa del piano, sino un pianista maduro, una extraordinaria realidad musical, exquisito, dotado de una técnica impecable y de unas capacidades musicales impresionantes. Es un pianista en estado de gracia que levantó al público de sus asientos y que arrancó bravos y gritos enfervorecidos de un público rendido absolutamente y al que regaló como propina una interpretación calida, dulce y preciosista de la Danza Argentina nº 2, de Alberto Ginastera, con calidades tímbricas y expresivas sobrecogedoras.

Con tan buen sabor de boca, la segunda parte del concierto, la Sinfonía nº 97 en Do mayor de Haydn no defraudó. De nuevo la orquesta Manuel de Falla de Cádiz demostró que es una orquesta de gran calidad. Una preciosa pieza del Don Juan de Gluck, con toda la cuerda tocando en pizzicato puso el brillante punto final a un Festival marcado por la alta calidad de la mayoría de sus conciertos, la baja asistencia de público en algunas de sus sesiones producto de la falta de publicidad y promoción, y en el que se han vivido algunas de las noches más inolvidables de toda la historia de este señero festival sanluqueño.

Fotografías: Juventudes Musicales
Texto: Salvador Daza y Regla Prieto

EL XXIV FESTIVAL DE MUSICA “A ORILLAS DEL GUADALQUIVIR” LLEGA A SU ECUADOR.

Esta edición está dedicada al XXV Aniversario de Juventudes Musicales de Sanlúcar de Barrameda.

La vigésimo novena edición del Festival Internacional de Música “A Orillas del Guadalquivir” llegó ayer viernes al ecuador de su programación, tras cinco intensas jornadas en las que se han vivido momentos de una gran altura artística como hacía años que no se conocían.


El equipo técnico del XXIX Festival. La delegada, Mariuca Cano, el director Juan Rodríguez, José Antonio López y Paco Cuevas.

El concierto inaugural corrió a cargo de la Orquesta de Cámara Andaluza, que estuvo dirigida por Israel Sánchez, que actuó en lugar del anunciado director titular y fundador, Michael Thomas. El programa, integrado por obras de Janacek, Suk y Dvorak, bajo el sugerente título de “La herencia nacionalista checa”, dio la oportunidad a los apenas cincuenta espectadores que se dieron cita en esta primera sesión, a gozar con una música de una gran pulsión romántica y completamente arrebatadora. La interpretación de los músicos andaluces fue correcta, teniendo en cuenta que la escasa presencia de público motivó que el concierto fuese frío aun a pesar del asfixiante calor de la sala y a pesar de que los intérpretes pusieron toda su voluntad en cuajar una buena actuación.

En el segundo día, la Orquesta y Coro del Teatro Filarmónico de Donekst (Ucrania) que ya nos ha visitado en varias ocasiones, puso en los atriles la “Novena Sinfonía” de L. V. Beethoven. La asistencia de público fue mucho mayor que el primer día, pero no llegó al lleno como se hubiera merecido este gran acontecimiento sinfónico. La solvencia de director, solista, orquesta y coro, quedó más que demostrada y aunque la versión que planteó el líder de la orquesta, el joven maestro valenciano Sergio Alapont, mostrase algunas novedades respecto a los “tempi” con las versiones más conocidas y apreciadas, pero no por ello menos interesantes y valiosas. La labor de los solistas vocales en el cuarto movimiento fue digna de resaltar, especialmente los de las voces masculinas, de gran calidad y contundencia. Los aplausos premiaron una actuación de gran calidad y mérito, teniendo en cuenta la gran movilización de recursos humanos que una obra de estas dimensiones requiere.

La Orquesta de Cámara de Linz, a las órdenes de nuestro paisano y director del Festival, Juan Rodríguez Romero, nos trajo al día siguiente un repertorio barroco-clásico-romántico integrado por obras de Haëndel, Haydn (con una memorable intervención del solista de violín austríaco Wolfgang Nusko) y Mendelshonn. El reducido grupo de músicos de cuerda tuvo una actuación redonda, destacando sobre todo en el acompañamiento orquestal que le brindaron a su violín concertino en el “Concierto en Sol Mayor” haydniano. No pudo tener mejor homenaje el venerable compositor austríaco en el segundo centenario de su muerte, que se conmemora en este año 2009. La escasa presencia de espectadores –solo se llenó media sala– continuó siendo la tónica en este tercer día de Festival.


Daniel G. Florido y José A. López, incansables trabajadores del Equipo que coordina este XXIX Festival

En la cuarta sesión, “The Soloist of London” respondieron sobradamente a la expectación que su presencia en Sanlúcar había despertado. Sin ninguna duda se trataba de un concierto más que interesante, debido entre otras cosas a que la presencia de cuartetos de cuerda por esta zona siempre es escasa y debido también a que el Festival no ha cuidado mucho de que no falte este indispensable grupo camerístico en la programación de otras ediciones. Los cuatro intérpretes de cuerda (a los que se unió en el Divertimento en re mayor de Mozart el contrabajista Mathew Coman, alma mater de la gira de estos valiosísimos músicos ingleses, protagonistas absolutos del V Festival de Música que se organiza por iniciativa suya en la localidad gaditana de Alcalá de los Gazules) formaron un todo sincronizado a la perfección, con un empaste homogéneo y una técnica única, logrando así el ideal de este grupo camerístico, clave del repertorio de todos los tiempos desde el clasicismo a nuestros días: que cuatro suenen como uno solo, una sola estética, una sola forma de pensar la música, en beneficio de la obra del compositor.

El programa que ofrecían los virtuosos londinenses hacía homenaje al compositor del año, Franz Joseph Haydn, con su cuarteto Op. 76 nº 3, en Do mayor, más conocido como “Cuarteto Emperador”, cuyo segundo movimiento se ha hecho universalmente conocido por estar basado en el “Himno del Emperador”, un movimiento en forma de variaciones que agota todas las posibilidades conocidas de transformación y acompañamiento variado de un tema, cuya melodía y armonía permanece prácticamente invariable en los más de ocho minutos que dura esta maravilla de la música de cámara de todos los tiempos y estilos. La ejecución por parte de los cuatro músicos ingleses fue magistral: toda una lección insuperable de conjunción y de afinación, de exquisitez y de lirismo. El ya citado Divertimento de Mozart fue tocado a una velocidad de vértigo, sin que en ningún momento el tempo fuera un obstáculo para que los planos sonoros y el equilibrio instrumental (teniendo en cuenta la mayor profundidad y densidad de los bajos por el ya mencionado añadido del contrabajo) siguiera siendo ejemplar y perfecto.


Los «Solistas de Londres», reforzados por el contrabajista Mat Coman, en la interpretación del Divertimento en Re Mayor de Mozart

En la segunda parte, una interesante obra del compositor norteamericano Philip Glass (nacido en 1937), máximo representante del minimalismo, cuya obra Company, integrada por varios movimientos basados en diferenciadas ideas repetitivas aunque muy atractivas en su sonoridad, dio la oportunidad de comprobar también la idoneidad de estos intérpretes para comprender y divulgar la música de nuestro tiempo. El estupendo recital se cerró con el cuarteto Op.18, nº 4, de Beethoven, que fue tocado con la madurez y el rigor de unos músicos que no perdieron la tensión interpretativa en ningún momento, que se compenetraron a la perfección y que dejaron, en suma, el pabellón de este Festival a una altura de gran nivel artístico.

El viernes 7 le tocó el turno a la Orquesta Sinfónica Estatal Rusa “Mistislav Rostropovich”, dirigida por el director español, viejo conocido de este Festival, Ramón Torrelledó. Era difícil, salvando las lógicas diferencias entre géneros (el paso de la música de cámara al sinfónico es gigantesco) superar el nivel del día anterior. Pero la legendaria orquesta rusa (fundada nada menos que en 1920) trajo hasta Sanlúcar sus mejores valores y el concierto fue inolvidable en todos sus aspectos.

No obstante, hay que lamentar, un día más, que la escasa presencia de público se hace ya una costumbre en las diarias sesiones de este veterano encuentro estival. Apenas tres cuartos de entrada, para una Orquesta que días antes, en Palencia, había conseguido congregar a 5.000 espectadores en una impresionante audición del Carmina Burana, según manifestaciones del propio director. En fin, una vez más, los esfuerzos del equipo técnico del Festival no encuentran la respuesta adecuada entre los melómanos, cuya repetida ausencia debería ser objeto de estudio y reflexión adecuada por parte de los responsables ante esta falta de asistencia.


La técnica de dirección de Ramón Torrelledó impactó una vez más a los melómanos sanluqueños que tuvieron la suerte y el acierto de presenciar este concierto inolvidable

Ese grandísimo director que es Ramón Torrelledó encontró de nuevo en Sanlúcar el ambiente necesario y adecuado para demostrar su arrebatadora técnica y su gran dominio del arte orquestal. Ante un ambiente cálido y sofocante (que hizo que los sufridos músicos rusos llegaran a desprenderse de sus chaquetas en la segunda parte, pues la primera la tocaron completa arropados con el uniforme de rigor, hecho para climas más gélidos) Torrelledó consiguió sacar el mejor partido a unos músicos de una profesionalidad a prueba de termómetros y vientos de levante, y se metió al público en el bolsillo, que terminó puesto en pie, con vítores y palmas por sevillanas.

Tres “bises”, nada menos, regaló el dinámico e inagotable director a sus admiradores sanluqueños. Sacó de nuevo a escena al clarinetista Vladimir Lovtchikov para brindar a un público enfervorecido una versión de una canción popular mexicana que se ha hecho universal, además de uno de los más celebérrimos valses de Dimitri Shostakovich, para cerrar con una apoteósica y vertiginosa interpretación del intermedio de La Boda de Luis Alonso, de Jerónimo Jiménez, demostrando una vez más que la música española y la música rusa tienen tantos puntos en común como si fuesen hijas de la misma raíz.

El programa ofrecido por la Sinfónica Rusa estaba sabiamente confeccionado, pues combinó a la perfección en la primera parte dos obras muy conocidas del repertorio nacionalista, como las Danzas Polovtsianas del Príncipe Igor, de Alexander Borodin, y la Marcha Eslava, de Piotr Tschaikovsky, con otras dos obras de corte mucho más contemporáneo, con preciosas orquestaciones, que contaron con las intervenciones solistas del ya mencionado clarinetista Lovtchikov, y del genial violinista Victor Chursin, que hizo que su intervención fuera uno de los momentos más felices de la noche.

Fotos: © Juventudes Musicales
Texto: © Salvador Daza.